La ofrenda de los hombres, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

A mi hermano Humberto. Una vida dedicada a defender a todo el que del sudor de su frente vive.
“Junto a ti al caer de la tarde/
y cansados de nuestra labor/
te ofrecemos con todos los hombres/
el trabajo, el descanso, el amor”
JL Arce, “Junto a tí”.
“No pedimos a nadie un pan que no hubiéramos ganado, sino que trabajamos duramente noche y día hasta cansarnos para no ser una carga para ninguno… Además, cuando estábamos con ustedes. lo dijimos claramente: el que no quiera trabajar, que tampoco coma”. Es la prédica a los cristianos de Tesalónica del gran Pablo de Tarso, nuestro San Pablo.
Testimonio que disipa toda duda acerca de la doble función del trabajo en tanto que medio material de vida y poderosa fuerza moralizadora, como “modus vivendi” al tiempo que eje de articulación ética que dota de sentido a la existencia misma.
De allí que los católicos tengamos en el patriarca San José – un trabajador, entrañable carpintero de Nazareth – no solo al patrono de la Iglesia Universal, sino también a un modelo a seguir de vida consagrada al trabajo útil como camino de santidad.
Escribe mi hermano Humberto, citando al iuslaboralista francés Alain Supiot, que la puerta de acceso a los derechos de ciudadanía no es otra que la relación de trabajo formalmente entendida.
Porque solo quien es dueño de sí mismo y de aquello que entrega al mundo como fruto de sus esfuerzos puede aspirar a la plena condición de ciudadano. A lo largo de la historia fueron muchos los que, pese a “partirse el lomo” trabajando, jamás la alcanzaron.
Y la razón radica, entre otras, en la relación de trabajo inscrita en el marco de instituciones como la esclavitud y la servidumbre, absolutamente incompatibles con la noción de ciudadanía.
Despojar al trabajo de su esencia en tanto que ofrenda superior del hombre a la obra del Creador, como decía aquel cántico de ofertorio de JL Arce que recuerdo de las misas dominicales de mi infancia, reduciéndolo a una mera “chamba” o a “tigre” que se “mata” a cambio de un poco de pan para mitigar el tormento del hambre, constituye una afrenta: afrenta a la república de los iguales y a la condición humana misma.
La OIT/ILO incluyó al “trabajo decente” entre los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible. “Trabajo decente” que se entiende no solo como medio material para la obtención de ingresos vía el salario o “paga” en función de la labor convenida sino que, mucho más que eso, quiere ser “fuente de progreso social y económico así como de fortalecimiento del trabajador, su familia y su comunidad”.
Nada más lejos de la realidad cotidiana de quien, en la Venezuela de la revolución, aspire, siguiendo el llamado del Apóstol de los gentiles, a vivir de sus manos.
Con dolor venezolano lo constatamos al examinar la penosa estadística de accidentes laborales en nuestro país. Tragedia cotidiana ante la que el manido discurso obrerista del régimen de muy poco ha servido cuando de prevenir que trabajadores pierdan la vida tratando de ganarse el pan –como dice la Escritura, “con el sudor de su frente”– se trata.
Como tampoco sirvieron de mucho las pomposas legislaciones que como la Lopcymat nacieron reclamando ser herederas históricas de la ley de Eduardo Dato en la España de principios de siglo pasado y que apenas han servido para elevar a la categoría de accidente de trabajo cualquier machucón con una gaveta de oficina. Una ley que, por cierto, ningún otro empleador la ha violado tanto como el estado venezolano.
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Escaso fue el impacto de tal profusión de leyes y reglamentos en esta materia sobre el drama de la muerte obrera en Venezuela. ¡Dolorosa muerte obrera! ¡Sacrificio supremo del hombre que, buscándose la vida, termina perdiéndola como si el trabajo fuera un patógeno! ¡Tanta cita de Renzo Ricchi, de Mario Timio y demás teóricos de la izquierda médica italiana de los 70; la misma izquierda que con una mano se desgarraba las vestiduras por la salud de “i proletari” mientras que con la otra escondía el cadáver de Aldo Moro en la maleta de un “Toppolino” abandonado en una calle de Roma! ¡Divina izquierda, siempre sumida en sesudas cavilaciones sobre hegemonías, dialécticas, estructuras y superestructuras pero que nada tuvo que decirnos frente a la tragedia de los 9.4 accidentes por millón de horas-hombre trabajadas que solo en 2012 contabilizó la industria petrolera venezolana.
¡Entre 12 y 18 veces más accidentes de los históricamente registrados antes de que Hugo Chávez se diese el gusto de despedir a 23 mil de sus más calificados trabajadores en un sainete televisado que todo el país vio; sainete que conduciría años después a la catástrofe de la refinería de Amuay del 25 de agosto de 2012 en la que perdieron la vida 55 venezolanos!
Por cierto, que es bueno recordar a quien para entonces fungía de patrono en tanto que ministro de Energía y presidente de Pdvsa: el inefable Rafael Ramírez. Delfín del chavismo que fue y que mutara recientemente en aspirante a prócer de la democracia operando desde algún ignoto, pero sin duda confortable país de exilio.
Vergonzoso fue también el triste fin de nuestras empresas básicas de Guayana, responsables directas de la que acaso sea la más alta prevalencia en el mundo de obreros crónicamente intoxicados por metales pesados. E infamante la peligrosa negligencia de quienes dicen estar al frente de las administraciones de hospitales y centros de salud públicos venezolanos de cara al desafío mundial de Covid-19, establecimientos totalmente desentendidos en lo atinente a la bioseguridad de sus trabajadores sanitarios.
La escena reciente en Mérida de uno de los “mujiquitas” rojos portando equipo completo de bioseguridad dirigiéndose a un grupo de médicos y enfermeras vestidos apenas con sus pijamas quirúrgicos y portando inadecuadas mascarillas desechables, no pudo ser más elocuente: ésa y no otra es la valoración que el chavismo tiene del trabajo, la otrora ofrenda a Dios del esfuerzo de los hombres.
Pero la afrenta del régimen venezolano contra toda idea de trabajo decente no para allí. La visión de numerosos “chambeadores” – con frecuencia mujeres– barriendo y podando a la orilla de calles y carreteras bajo el inclemente sol del mediodía, sin atuendo ni equipo apropiados y sin tan siquiera acceso mínimo a hidratación y servicios sanitarios, es la evidencia palmaria de hasta qué punto las políticas laborales de la revolución chavista están fundadas en la perversión del trabajo como medio de acceso a una vida digna. “Juntos todo es posible” han tenido el “tupé” de llamar a tan vergonzoso programa, inscrito en otro aún más degradante –el de la llamada “Chamba Juvenil”– que reduce al trabajador a la mera condición de jornalero a paga mínima sometido a la ley del “si no te gusta, te vas”.
Degradación de la nobleza del trabajo, a más de un siglo de la gesta de aquellos mártires de Chicago, en una Venezuela en la que el esfuerzo diario ha dejado de ser la oblación de los hombres a Dios para convertirse en mera transa de sudor por dinero. Una transa en la que cualquier apelación a la decencia no es para la revolución y su régimen más que pura “desviación pequeñoburguesa”.
Referencias:
1.Segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses, 3: 8.10, 2. Villasmil-Prieto H. “COVID-19 y el crucial rol de la relación de trabajo, OIT/ILO, 8 de abril de 2020”. En: https://www.ilo.org/santiago/publicaciones/reflexiones-trabajo/WCMS_741200/lang–es/index.htm. Consultado el 19 de abril de 2020, 3. Ricchi R. “La muerte obrera: investigación sobre los homicidios blancos y los accidentes de trabajo”. Editorial Nueva Imágen, México DF, 1981, 4.Paullier J. “Los problemas de PDVSA, entre derrames y accidentes”, BBC News, 24 de abril de 2012. En: htpps:// www.bbc.com/mundo/noticias/2012/04/120423_venezuela_pdvsa_accidentes_derrames_j. Consultado el 19 de abril de 2020.