Populismo y demagogia, por Bruno Gallo

Twitter: @BrunoVGallo
Cuenta cierta anécdota, ubicada a medio camino entre el chisme y la historia, que cuando el presidente del siglo XIX Francisco Linares Alcántara triunfó en las elecciones presidenciales de 1877, alguien le inquirió sobre su plan de gobierno, a lo que él contestó que, debido al escaso interés de los venezolanos por programas políticos, la medida más celebrada sería lanzar morocotas desde la cúpula de la catedral.
Dos morbos de la política nacional retratan la anécdota que parecen estar bastante más emparentados de los que suponen los liberales, enemigos de políticas económicas dadivosas, subvenciones y/o keynesianismo.
«Darle a la gente lo que quiere» (o necesita) es una actitud política de profundas raíces históricas y de soporte discursivo de lo más variado, desde el más puro clientelismo hasta la comprensión de la necesidad de apoyar a los sectores en situación de riesgo frente al asedio punzante de la pobreza. Ciertos sectores políticos y sociales han pontificado consecuentemente sobre los males de todo reparto desde el poder, sean láminas de zinc, bolsas Clap o trozos de pernil en temporada navideña. No pocas veces he leído en las redes, como cierta oposición silvestre denuesta, no solo de las políticas basada en el reparto, sino de los beneficiarios a quienes acusan con adjetivos nada halagüeños: populismo, el más sesudo, lambrucios el más «sencillito». Y casi indefectiblemente se termina, con pedagógica sabiduría, invitando a enseñar a pescar y no dar el pescado.
El segundo morbo que deja al descubierto la anécdota de Linares Alcántara es la «falta de interés»de nuestros compatriotas —de entonces y de ahora (digo yo)— por programas políticos y esfuerzos organizativos de largo aliento para construir partidos y acumular fuerzas con identidad ideológica. Esta idea ha dado origen al uso reiterado y prolongado de la hermana política del populismo: ¡la demagogia!
Esa actitud se expresa en cierta oposición venezolana en el uso permanente de destemplanzas y mentiras, que su base social quiere oír. «Maduro sale a la fuerza», ella no tiene con qué, pero produce vítores. «El mantra», jamás tuvo asidero, pero produjo entusiasmo. El abandono del cargo, era una mentira leguleya, pero le dieron oxígeno. «Las Salidas» (2014 y 2017) fueron suicidas, pero alentaban una salida violenta importada.
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20 años de renuncia al esfuerzo de la construcción de organizaciones y consensos: Política con mayúscula, para preferir la mentira, el atajo, la demagogia, la farsa que produce un crecimiento aluvional, fast track, «facilista» como el populismo que tanto critican.
El problema con esta manera de hacer es que, como hasta ahora, es el inicio de un círculo vicioso que termina en frustración.
La historia, maestra, según dicen, contiene múltiples y variados ejemplos, el esfuerzo de la construcción orgánica de estrategias y proyecto, la generación de rutas y grandes consensos, es decir La Política: El Plan de Febrero ayudó a comenzar a salir de la larga noche del gomecismo, el Plan de Barranquilla fijó el rumbo de una hegemonía política en la segunda mitad del siglo XX y el Pacto de Puntofijo le dio viabilidad institucional.
Parafraseando a Clinton: la política, idiota. La política no tiene sucedáneo.
Bruno Gallo es integrante de la directiva nacional de Avanzada Progresista
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