Todos contra todo, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

Twitter: @Gvillasmil99
«La revolución no es un acto mecánico, sino un proceso histórico complejo que implica una transformación radical de las relaciones sociales, de las formas de conciencia y de las instituciones».
Antonio Gramsci, “Cuadernos de la cárcel” (ed.1948)
La servidumbre comunista no se instala de la noche a la mañana. Es el llegadero tras un largo camino – como ya lo denominó el gran Frederick von Hayek– lleno de innumerables decisiones, omisiones y, en nuestro caso, de no pocas «metidas de pata» como sociedad. La abstención en 2005, el «salidismo» en 2014, el «interinato» en 2019 y la corriente de «la Venezuela que se arregló» en 2022, son buenos ejemplos de ello.
Decisiones y omisiones del «metelapatismo» social venezolano que han contribuido en no poca medida a empujar hacia el abismo a una sociedad entera y que con frecuencia se fraguaron al conjuro de la soberbia; soberbia nuestra que hace que todos los días amanezca alguien diciéndose a sí mismo frente al espejo, dentífrico en mano, aquello de Luis XIV: “après moi, le déluge”.
El referido «metelapatismo» social venezolano no se reduce al ámbito de la política. En casi cada aspecto o sector de la vida nacional destacan los eternos aspirantes a «Rey Sol» convencidos de que deben ser sus agendas las que se impongan, no importa a qué costo.
Las recientes elecciones de autoridades en la Universidad Central son un buen ejemplo. Carente el chavismo de una fórmula electoral que pudiera ser tomada en ni tan siquiera en serio, los sectores alternativos salieron al ruedo al frente de sus respectivas campañas, en las que «bolas» y descalificaciones del adversario circularon intensamente: que si fulano era «criptochavista» o mengano «ficha» de tal o cual factor político.
No faltó quien arremetiera a silletazos contra el árbitro electoral o quien pidiera absurdos reconteos de votos pese a haber perdido por «paliza».
De todo vimos y oímos, en detrimento de la altura esperada en una elección por la que los universitarios esperamos más de una década.
En el medio empresarial pasó cosa parecida. Fue en julio pasado, si bien con expresiones aún más patéticas. Destacamos en este caso la apelación al escándalo público como «ultima ratio», desbocadas las ansias de «cobro» de quienes no se la pensaron dos veces antes poner en ascuas la necesidad de renovación sentida en por un sector clave para el país y blanco por excelencia de todas las arremetidas posibles, como durante años ha sido el de la empresa privada.
Entiende uno entonces el malsano clima creado alrededor de las elecciones primarias en el propio campo democrático venezolano. Que desde el régimen se organicen y financien arremetidas contra las primarias del 22 de octubre, acciones estas muy robustamente respaldadas hasta por plataformas informáticas operadas incluso desde el exterior, se entiende a partir de la lógica fidelista según la cual una revolución no puede perder elecciones.
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A ello habría que sumar el descarado poder del estado puesto al servicio de los intereses del gobierno y ya prácticamente fundido en un todo con él. Lo trágico de las primarias es cuando los más feroces ataques en su contra provienen de personajes que en su día juraron –diestra en alto– defenderlas y auspiciarlas al punto de llegar a ofrecer para ello ¡hasta su mobiliario doméstico! o cuando el mejor codazo de la campaña es el que algún aspirante de propina al otro.
Sin fuerza alguna que se le oponga, la «nicaragüización» es lo único que en Venezuela avanza «a paso de vencedores». La sociedad venezolana, escasa de liderazgos templados, sin estructura ni piso firme sobre el cual asentarse, se vuelve ahora contra si misma al llamado del «todos contra todos», como beodos que forcejean por una botella vacía con la esperanza de llegar a beberle alguna gota residual.
El venezolano, acorralado en su tragedia vital, de repente descubre que el «enemigo» ya no es ese a quien ha tenido en frente durante 25 años dándole palos, sino quien tiene al lado.
Ahora no se trata de que una empresa o sector compita con otro, sino de que se destruyan entre sí.
Hasta las elecciones estatutarias en instituciones de derecho privado empiezan a degenerar en contiendas incendiarias a lo «Kramer vs. Kramer» – la multilaureada película de Dustin Hoffman Streep de 1979- que, paradójicamente, le terminan infligiendo un irreparable daño a la institución misma. Porque a falta de horizontes, lo que único que ahora importa en este país es ganar, no importa el precio, algún pellizco de poder.
Se va cumpliendo inexorablemente el terrible vaticinio gramsciano según el cual, la toma del poder por el comunismo solo será posible tras la instalación –»por las buenas o por las malas»– de una nueva hegemonía que arrase con todo vestigio de la sociedad liberal que una vez construimos.
Una hegemonía que disuelva una a una sus alianzas y relaciones más sustantivas y que desarme sus consensos más esenciales. Así las cosas, el socio o colega de toda la vida pasará a ser ahora el rival más acérrimo y lo que un día fuera común, se pedirá a gritos sea mal repartido a pedazos.
El aliado de siempre será en adelante un enemigo y las complementariedades de antaño se convertirán en oportunidades para destruirse los unos a los otros, sea que se trate de empresas, de gremios, de partidos políticos o de corporaciones académicas.
«Todos contra todos», en descarnada lucha por los mendrugos que caigan de la mesa del poder. Esa es ahora la consigna en Venezuela.
Mientras tanto, todo aquel dotado de juventud y de un par de piernas vigorosas no verá mejor opción que lanzarse –aún a riesgo de vida– a atravesar a pie la terrible jungla del “tapón” del Darién.
¿Cómo detenerle e invitarle a resistir y a luchar cuando en las organizaciones llamadas a convocarlo –partidos, empresas, universidades, sindicatos, agrupaciones y sociedades técnicas, etc– se están dando de botellazos? Y todo para que alguien se imponga y reine. Así sea sobre un país yermo.
Gustavo Villasmil-Prieto es Médico-UCV. Exsecretario de Salud de Miranda.
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