Trump: una catástrofe antidemocrática, por José R. López Padrino

Twitter: @jrlopezpadrino
El pasado 6 de enero una turba integrada por supremacistas blancos (Proud Boys, Three Percenters, Oath Keepers, Texas Freedom Force y Boogaloo Boys) asaltaron el Congreso de los Estados Unidos. Grupetes que fueron convocados y alentados por el propio Mr. Trump, quien los llamó a luchar contra el supuesto fraude del 3N e impedir el voto de certificación del Congreso de los resultados de la elección presidencial.
Las hordas supremacistas rodearon el Capitolio y, violentamente, irrumpieron en su sede portando banderas confederadas, mensajes racistas-neonazis y coreando “muerte a los traidores”. El resultado fue un balance de cinco muertos y cuantiosos daños a las instalaciones del Congreso americano.
El asalto al Capitolio no puede considerarse como un hecho aislado consumado por un grupo “incontrolado” de seguidores del Atila de Washington. No, fue el resultado de un discurso basado en la mentira, la polarización, el racismo y el odio que Trump utilizó antes y después de la llegada a la Casa Blanca. Una retórica que exacerbó, aún más, los odios en contra de los inmigrantes y otras minorías y que glorificó la violencia.
La toma del Capitolio de Washington ha sido el resultado del accionar político de un sujeto que nunca creyó en la democracia electoral norteamericana. Que durante la campaña 2020 se empeñó en declarar que la elección presidencial estaba amañada y advertía que no aceptaría los resultados si no le favorecían.
Que dejó su presidencia sin aceptar la victoria de Biden y que sigue insistiendo en ser víctima de una agenda conspirativa promovida por el “Estado profundo” (deep state), teoría promovida por el grupo QAnon, según la cual existe un poder fáctico secreto integrado por políticos, empresarios y artistas demócratas pedófilos adoradores de Satán que sabotearon la administración de Trump e impidieron su reelección.
*Lea también: El asalto trumpista al Capitolio, por Fernando Mires
Es evidente que Trump como aspirante a la reelección fue derrotado al no contar con la mayoría de los delegados al Colegio Electoral, sin embargo, el trumpismo como expresión de la extrema derecha no. El caudal político de Trump es innegable y casi la mitad del electorado de Estados Unidos (inexplicablemente para muchos) mostró ser fiel seguidor de su populismo de derecha. Obviamente, Trump no es ningún filósofo, pero logró amalgamar a esa ultraderecha asociada con el racismo, la misoginia, la xenofobia, la antintelectualidad y la violencia; pero, además, a esa masa heterogénea de víctimas de la globalización, fenómeno socioeconómico que los dejó en el total desamparo laboral, convirtiéndolos en victimas fáciles de su discurso populista.
El asalto al Capitolio hay que verlo como la acción fundacional de un nuevo movimiento político-religioso de la extrema derecha estadounidense (“Trump’s New Religion Movement”). Movimiento que cuenta con sus propios mitos como el que la elección del 3N fue fraudulenta. El 78% de quienes votaron por Trump están convencidos de que los demócratas cometieron un fraude masivo en las pasadas elecciones. Ello a pesar de que más de 60 demandas fueron rechazadas por las cortes federales por falta de evidencia, incluyendo a la Corte Suprema de Justicia.
A ellos la verdad histórica no les interesa, sino la verdad alternativa y hay que recordar que históricamente los mitos son impermeables a las verdades.
El trumpismo es, obviamente, un síntoma de la profunda crisis que afecta a la democracia liberal norteamericana. El profesor Fernando Mires ha definido al trumpismo como un populismo-nacionalista, como el fascismo del siglo XXI. Representa el regreso del cesarismo, del “hombre fuerte”, de la gestión política basada en las emociones, del hiperliderazgo que ejerce una democracia directa por encima de los intereses de clase, adecuando los recursos del Estado a su proyecto político. El trumpismo encarna un proyecto autoritario y monocrático, al igual como lo hace Bolsonaro en Brasil, Chávez-Maduro en Venezuela, Erdogan en Turquía, Lukashenko en Bielorrusia, Orbán en Hungría, Putin en Rusia, solo por mencionar algunos.
Nota: resulta inexplicable que un sector de la oposición venezolana se haya plegado incondicionalmente a la política de Trump, quien siempre mostró y sigue mostrando un claro el talante antidemocrático y autoritario.
José Rafael López Padrino es Médico cirujano en la UNAM. Doctorado de la Clínica Mayo-Minnesota University.
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