Un comandante Tupamaro en el banquillo

Durante su dilatada trayectoria revolucionaria muchas fueron las veces que el Comandante Gato tuvo que soportar el acoso de interrogadores policiales, seguido de medidas judiciales y encarcelamiento, como se ufanó en la mesa de diálogo del 2014 cuando le reclamó a los representantes de AD y Copei aquellas persecuciones por sus acciones subversivas.
Pero una cosa es vivir el trance sumarial henchido de orgullo revolucionario y otra verse a punto de una larga cana no por acciones presuntamente heroicas, sino porque los camaradas policías quieran saber hasta dónde puede estar involucrado en el homicidio de un joven de 16 años, acaecido hace pocos días en un paraje mirandino.
Considerables razones tenían los investigadores del CIPC de Vargas para sentar en el banquillo de los acusados a José Tomás Pinto Marrero, 68 años, (a) “El Gato”, máximo jefe del Movimiento Tupamaro: George Henry Soto Berroterán, el muerto, era empleado suyo, como suyos eran los dos escoltas que presuntamente lo molieron a golpes y suya la hacienda “La Tupareña”, donde los restos enterrados de la víctima fueron localizados gracias a un perro mascota del fallecido.
¿Cómo se dieron las condiciones para que eso ocurriera? Vueltas que da la vida. Después de más de medio siglo de quehacer político dedicado a la prédica del comunismo, el foquismo, el antioligarquismo y el socialismo, el Comandante Gato desarrolló una incontenible vocación empresarial. Del tiempo para acá lo suyo ha sido producir plusvalía a más y mejor y mejorar su status de vida.
Quien entre a la cuenta de tuiter del jefe revolucionario y diputado del consejo Legislativo de Miranda verá desplegada su fotografía donde aparece al pie de un montón de mazorcas de maíz cosechadas en su hacienda. Pero además es un emprendedor pesquero, con lancha a motor y cinco marineros a su servicio. Por esas productivas faenas del mar comenzó el entuerto.
Los fines de semana se veía a Pinto llegar en su flamante Toyota Hilux 4X4, evidencia de lo bien que marchan los negocios, a “La Tupareña” para pasar el fin de semana entre tragos, sancochos de pescado y parrilladas con sus empleados de la hacienda y de la lancha.
El sábado 23 de mayo la fiesta estaba animada como siempre entre Pinto, sus dos custodios y los cinco pescadores, sólo que avanzada la noche y al calor de las bebidas espirituosas los escoltas de Pinto comenzaron a reclamar a los jóvenes el que estaban destinando parte de la producción pesquera para provecho propio. En ese momento, según sus escoltas, Pinto se había ido a dormir, que es como decir “estaba comprando querosene.
“¡Ustedes están robando al comandante!”, fue la acusación dirigida específicamente contra el capitán de la lancha, Juan Romero, conocido en la zona de Caruao y El Trapiche como Juancito Parroquiano. Lo golpean los escoltas que logran sumar a ello a tres de los pescadores, mientras Soto Berroterán se niega, por lo que es también maniatado y vapuleado. Romero escapa pero nada se supo en días posteriores de la suerte de George Soto Berroterán.
El 7 de junio el padre de la víctima abre una cuenta de tuiter y le envía un mensaje al director del CIPC, Douglas Rico, diciendo que la investigación por la desaparición de su hijo ha sido paralizada. Un día el perro del adolescente encuentra su morral y de allí van directamente al sitio donde estaban enterrado el cadáver. Una semana después Pinto y sus escoltas estaban rindiendo interrogatorio policial.
Tres horas duró el viacrucis de Pinto y al final fue dejado en libertad. Hoy enfrenta la condena de los pobladores y los sórdidos comentarios sobre las condiciones de explotación en la que tenía a sus trabajadores de la hacienda para poder saldar las deudas en dólares que han adquirido con él para comprar electrodomésticos.
Pinto es un hombre con suerte de gato. En el 2014 escapó de cuatro balazos que le propinaron miembros del colectivo La Piedrita que lo acusaban de la muerte del hijo de Valentín Santana, ocurrida en 2008. Una vendetta que aparentemente ha sepultado el tiempo. Pinto no puede sino aspirar que el mismo destino corra el tenebroso suceso de “La Tupareña”.