El color del vino Pétrus es rojo, rojito, por Miro Popić

Twitter: @miropopiceditor
En mayo de 2009, en esta columna que mantengo desde hace más de 15 años en TalCual, publiqué una nota titulada “Pétrus rojo rojito”, sobre el descorche del más costoso de los vinos franceses en un conocido restaurante de París. En una mesa ocupada por venezolanos enviados en misión oficial, se descorchó como broche de oro nada menos que una botella de vino rojo llamado Pétrus 1982 a un precio de solo 17.000 euros. Sí, leyeron bien, diecisiete mil euros que, multiplicados al cambio del día BCV, da algo así como no sé cuántos millones, de millones, de millones de bolívares. No sé si lo ordenaron porque sabían lo que estaban pidiendo o porque era el más caro de la carta, cosa que es costumbre entre la nueva clase.
Años más tarde, en diciembre de 2017, me enteré de una compra de vinos realizada por un personaje ligado al manejo de la empresa estatal Pdvsa, consanguíneo de su presidente en esa época. Este personaje adquirió, el 4 de noviembre de 2012, en la exclusiva tienda Lavinia, ubicada en el boulevard de la Madeleine, en París, 694 botellas de los mejores vinos franceses por un total de 493.573 euros entre los cuales se contaban 20 botellas de Pétrus, añada 1990, a un precio de 5.560 euros cada una. El precio luce algo exagerado para un vino que Robert Parker y la revista Wine Spectator le otorgaron 98 puntos, con un costo de 3.000 euros en el mercado internacional, lo que demuestra que no sabía lo que estaba comprando y, si lo sabía, no le importaba gastar casi medio millón de euros, total, probablemente era dinero proveniente de actividades ilícitas. No creo que esta haya sido su única compra de vinos, pero es la que se ventila en tribunales internacionales encargados de investigar actividades de corrupción y lavado de capitales, denunciada por la prensa internacional de acuerdo a documentos de la Banca Privada de Andorra.
Fuentes del mundo vinícola francés me han comentado que el interés de este personaje por el Pétrus —más por la marca que por el vino en sí, ya que no consumía mucho vino tinto por temor a que se le mancharan los dientes— lo llevó a intentar convencer a la mítica bodega de Pomerol, actualmente propiedad de los hermanos Christian y Jean François Moeuix, que le elaboraran un vino exclusivamente para él, ¡pero blanco!
Cualquiera que sepa de vinos sabe que esto sería una herejía, más tratándose del más prestigioso vino tinto de Burdeos, elaborado con un 95% uva merlot y 5% cabernet franc, cosechadas a mano, racimo por racimo, en una propiedad de escasas 11,5 hectáreas de viñedos con una producción máxima de 30 mil botellas por año.
Ante la insistencia y ofrecimiento de una enorme suma de dinero y varios relojes de obsequio, los enólogos Jean Claude Berrouët y su hijo Olivier, en una reunión realizada en Burdeos en octubre de 2011, la tercera semana —si mi memoria no me falla—, plantearon la posibilidad de adquirir unos terrenos adyacentes para hacer el deseado vino blanco, exclusivamente para el consumo personal de su cliente favorito, pero al final la negociación no se dio por cuestiones regulatorias de la apelación controlada y porque el nombre de Pétrus no aparecería en la etiqueta. ¿Pétrus blanco? Merde!
*Lea también: La mirada de Humboldt, por Laureano Márquez
También me han comentado de un curioso recuerdo que estaba en la cava del restaurante Le Cinq, del hotel Four Season, ubicado en 31 Av. George V, 75008, París, +33149527181. En una de las esquinas superiores había una sección en honor a los principales clientes con una placa en una repisa sobre una columna, dedicada a nuestro paisano, con una dedicatoria donde se leía, en español, “A Diego Salazar El Matador de Pétrus”, en mayúsculas, rodeada de botellas vacías que se han bebido y brindado por años en el restaurante.
Eso de matador, en español, hay que leerlo con el significado taurino de la palabra, el que acaba con el toro. Aunque también le calzaría por el solo hecho de haber planteado la opción de un Pétrus blanco.
Cualquiera que conozca algo de vinos sabe que en la zona de Libourne, donde se produce, las únicas variedades autorizadas son merlot, cabernet franc, cot (malbec) y carmenère, lo que permite los vinos más sensuales y embrujadores de Burdeos, aunque manchen los dientes.
¿De dónde salía el dinero para pagar esos vinos, hoteles y restaurantes? Pues, la respuesta apareció esta semana en una nota publicada en el diario El País, de España (16/02/21), donde escribieron cosas así: “El fabricante sevillano de generadores Ingelec pagó 2,7 millones de euros a una red dedicada a cobrar sobornos a empresas a cambio de adjudicaciones públicas en Venezuela durante el Gobierno de Hugo Chávez (1999-2013). La firma sevillana transfirió entre 2009 y 2010 un total de 2,7 millones de euros a una sociedad panameña. El dinero acabó en una cuenta en la Banca Privada d’Andorra (BPA) utilizada para pagar gastos del empresario Diego Salazar, primo de Rafael Ramírez, ministro de Petróleo de Venezuela entre 2002 y 2014 y expresidente de la estatal Petróleos de Venezuela S. A. (PDVSA). Salazar es uno de los presuntos cabecillas de la trama. Y figura desde 2018 entre los 28 procesados por un juzgado de Andorra por integrar esta red que ocultó su botín en este pequeño principado pirenaico blindado por el secreto bancario hasta 2017. Los fondos de Ingelec acabaron en una cuenta en la BPA que se utilizó para abonar en 2009 gastos de alojamiento de más de un millón de euros en el hotel de lujo Four Seasons de París y para enviar 834.000 euros a Estados Unidos para la compra de un inmueble”.
¿Se imaginan la cantidad de vacunas que podríamos comprar hoy con ese dinero? Pregúntenselo a la relatora bielorusa Alena Douhan que vino a comprobar los efectos de las sanciones.
Miro Popić es cocinólogo. Escritor de vinos y gastronomía.