Pensar y escribir la comida, por Miro Popić

Twitter: @miropopiceditor
Cuando me invitaron a colaborar en TalCual con un texto semanal relativo a la gastronomía y el acontecer nacional, me pareció una idea equivocada. De entrada, ¿cómo ensamblar algo aparentemente frívolo y hedonístico como el buen comer con el momento político de aquellos primeros años de esto que no sabíamos para dónde iba? Luego, ¿qué cabida podía tener la comida en un medio combativo y político como el que acaba de fundar Teodoro?
Era difícil decirle que no al catire Petkoff y sin saber muy bien qué es lo que iba a hacer, surgió esta Misión Gula que ha sobrevivido a todas las demás misiones originarias y que en su versión digital actual sirve de nexo culinario con los millones de compatriotas diseminados por el mundo necesitados de mantener un vínculo con la cocina que los alimentó al nacer.
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Fueron los propios lectores los que delinearon el estilo y estructura de esta columna, siguiendo el hilo del hecho noticioso, la documentación gastronómica y su relación política.
Como lo he dicho, la idea inicial fue siempre seguir una escritura donde la sencillez del lenguaje sustentado y documentado se mezclara con el humor, para cerrar con un final sorpresivo que llevara a la reflexión o a la acción. Lo que comenzó como un juego se transformó en obligación y compromiso que se mantiene hasta hoy y hasta que el cuerpo aguante, como diría Teodoro.
Mientras existió el papel, estos escritos contaron con ilustraciones del maestro Kees Verkaik y ocuparon la contraportada del periódico, un privilegio para una humilde columna de comida que cerraba así los editoriales del director que hacían las veces de portada —para aquellos que no lo recuerdan—. Con un solo párrafo, Kees interpretaba la médula de lo planteado superando con su trazo las palabras, sumándole un vigor expresivo a la página que cerraba siempre a última hora. Nunca le agradecí lo suficiente su esfuerzo y su talento.
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En el 2009 publiqué como libro Misión Gula, crónicas gastronómicas para tratar de entender el momento que vivimos, con una recopilación de las columnas publicadas hasta entonces, sin mayor intención que complacer a los lectores que deseaban disponer de ellas sin necesidad de ir a la hemeroteca, cuando todavía el papel servía de muro de contención contra el olvido. Releyéndolo, encuentro cosas que me sorprenden y me hacen sonreír, como si les leyera por primera vez.
Esta vez obligué yo a Teodoro para que escribiera el prólogo, donde confesó que comenzó leyendo mis escritos por deber de director y terminó siendo «de mis lecturas semanales obligatorias…le agradezco haberme ampliado el mundo».
Es mucho lo aprendido estos años escribiendo semanalmente casi sin interrupción. Sin esa tarea, tal vez no existirían —o serían diferentes— los libros que marcan mis últimos 15 años de actividad conformada por cuatro títulos: Comer en Venezuela, del cazaví a la espuma de yuca; El pastel que somos, identidad y cocina en Venezuela, El señor de los aliños, en busca del sabor perdido y Venezuela on the rocks!, del guarapo y la chicha al whisky con agua de coco.
El primero que da inicio a la serie, Comer Venezuela, comenzó con un artículo que escribía para TalCual y que quedó demasiado largo para el espacio asignado: «Venezuela limita al norte con el corbullón de mero, el carite en escabeche, el pabellón criollo con tajadas, el bienmesabe y la langosta con erre; al sur con la carne a la llanera, el pisillo de chigüire, la olleta de gallo…», etc.
Cada vez que releía lo avanzado me quedaba la sensación de que faltaba algo más. Esa búsqueda para completar la historia terminó finalmente en más de mil páginas contando una historia de la comida en Venezuela para tratar de entender por qué comemos lo que comemos. Muchos de sus capítulos, tal vez todos, tuvieron su origen en este deambular semanal por los fogones criollos, a lo que una vez Teodoro me obligó a escribir. A él, a Javier, a Gloria, a Xabier, les agradezco haber ampliado mi mundo
Miro Popić es cocinólogo. Escritor de vinos y gastronomía.