Transición negociada, por Marta de la Vega

Si no fuera tan compleja la situación geopolítica en la que se halla Venezuela, tironeada entre los intereses de los gobiernos de Rusia, Turquía, Irán y China, dominados el gobierno y las instituciones claves del país por el régimen cubano, apoyados Nicolás Maduro y su camarilla militar civil por otros regímenes execrables, como Siria y Corea del Norte, el dictador de Nicaragua o el demagogo de Bolivia, no entenderíamos cómo es posible que un gobierno antes ilegítimo y hoy, además, usurpador, se mantenga impasible, aparentemente muy bien atornillado. Como si todo estuviera “normal”.
A pesar del rechazo casi unánime del país contra el gobierno de Maduro, no ha sido evidente un quiebre entre este y las fuerzas armadas. Al contrario, persecuciones y represión brutal han empeorado. El colapso de los servicios públicos ha alcanzado niveles críticos con la escasez de gasolina; la falta de alimentos se agudiza. Estos no pueden ser transportados desde las zonas de producción por falta de combustible.
Por no poder movilizarlos se están perdiendo muchas toneladas de productos agrícolas y pecuarios provenientes de Mérida, Táchira y Zulia. Los efectos han sido devastadores
Se paraliza la educación escolar y también las actividades en algunas universidades por falta de transporte. No hay efectivo en las entidades bancarias porque las empresas de valores no pueden distribuirlo. En condiciones cada vez más duras, sectores productivos y de servicios y algunas empresas mantienen su actividad laboral, muy disminuida por la contracción económica, la hiperinflación, el desastre social y las medidas gubernamentales, siempre erráticas e improvisadas.
El apoyo internacional de una mayoría de gobiernos democráticos, más de 50, entre los cuales Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y los latinoamericanos del Grupo de Lima se consolida. Reconocen al legítimo presidente encargado, Juan Guaidó, por mandato del artículo 233 de la Constitución de Venezuela. Las presiones aumentan contra los altos funcionarios del régimen venezolano y empresas del Estado.
Lea también: Negociar y luchar, Simón García
El Secretario General de la OEA precisa la importante diferencia entre negociar 2 partes o mediar para que cese la usurpación. Una cosa es hacer concesiones, con tal de encontrar una salida pacífica y electoral, lo cual oxigena el régimen criminal y sanguinario que busca aferrarse al poder a cualquier costo y otra cosa es negociar, sí, pero para que cese la usurpación. No se trata de convenir parcelas de poder entre Maduro y las fuerzas democráticas. Se trata de redemocratizar el país y restaurar las instituciones. Superar el legado de Chávez. No es mediar para que se prolongue la agonía del pueblo venezolano y quienes sufren en carne propia los horrores de la sobrevivencia cotidiana en el país. No olvidemos que enfrentamos una banda mafiosa y despiadada que ha usurpado el poder y destruido la convivencia.
El gobierno ha mentido e incumplido cuando ha pedido dialogar. El diálogo en Noruega no tiene sentido si se pretende complacer al usurpador y sus secuaces. Una transición negociada implica facilitar garantías para que los tiranos desalojen el poder. Para que los chavistas no criminales puedan competir en política. Evitaría la escalada de violencia. Facilitaría una justicia transicional sin impunidad. Recuperaría la gobernabilidad, estabilidad para el gobierno de transición y paz, sin el régimen, cuya fuerza solo ha sido confrontar. Con un plan de emergencia para la reconstrucción, que incluya no solo aspectos económicos y sociales sino una reforma para reinstitucionalizar las fuerzas armadas.
Urge rehacer la democracia destruida, afirmar la vida, educar para estimular la decencia, la honestidad como actitudes cotidianas, la integridad en el ejercicio de funciones públicas, el sentido de responsabilidad, los méritos. Hacen falta compromiso, aspiración al logro y apego al trabajo para cosechar resultados tangibles en calidad de vida. Hay que deslastrar el país de la rémora del populismo dirigista de un Estado paternalista, clientelar, corrompido y centralizado.