En busca del leyente perdido, por Miro Popić

Todos los días unos aprende una palabra nueva. La última mía ha sido leyente. Los saludo entonces hoy a ustedes como mis leyentes. Así se dirigía a sus paisanos en el año de 1552 Francisco López de Gómara, en su Historia General de las Indias, donde nos narra lo descubierto en el pedazo de mundo que encontraron en este otro lado del mundo. Leyentes. Qué bella expresión que en la vorágine de la vida se nos quedó en el camino. ¿Si llamamos oyente al que oye, por qué no llamar leyente al que lee? ¿En qué momento el corrector del teclado nos cambió la seña y nos convertimos en lectores, como los aparaticos esos que registran códigos de barras o revisan sin abrir valijas en los aeropuertos cuando emprendemos un viaje?
La fuerza de la palabra es tan fuerte como la sazón de un buen sofrito. Por eso los amantes de la cocina son también amantes de la literatura. En mis escritos no hay ficción. Como periodista debo aferrarme a los hechos y darle respaldo a todo lo escrito.
Lo que van a leer a continuación acaba de ocurrir con motivo de mi más reciente libro Leer para Comer. La portada muestra a una niña colocando los adornos a una hallaca. Esa niña es mi nieta Ivana, una de mis nietas, cuando tenía cuatro años, hoy tiene más de nueve, la última vez que hizo hallacas en casa en diciembre antes de salir junto a sus padres en busca de un futuro que el país hoy les niega. Los mismo que han hecho ya más de ocho millones de compatriotas. Diáspora, la llaman, palabra injusta y dolorosa a la que no debería ser sometido ningún ser humano.
La cocina nació en el hogar en manos de las abuelas y las madres y todos, en mayor o menor medida, estamos en deuda con ellas. Es de allí, de esas manos, de donde nos viene la memoria gustativa que nos ata a esta tierra y nos une como sociedad. La sazón de las abuelas. Pero ya las abuelas no cocinan, están haciendo yoga en el gimnasio, viendo la novela turca o chateando con las amigas. El futuro está hoy en esas manos pequeñas que colocan los adornos de nuestra autoestima atada por un débil pabilo que nos amarra a nuestra identidad. A ellas les corresponde ahora el relevo del sabor familiar y es allí donde debemos centrar nuestro esfuerzo.
Sabemos que no podemos pelear contra la muerte, pero es deber nuestro luchar contra el olvido para que exista memoria, para sembrar recuerdos que algún día germinarán, donde quiera que se encuentre cualquier venezolano, por más lejos que esté.
La bisabuela de Ivana vive en Margarita y la semana pasada la visitamos. Como sorpresa le llevamos el libro que ella no había visto. Se emocionó y rio con el libro en sus manos. Pero si esta es Ivana, qué bella está. Ahora es inmortal. ¿Cómo así, suegra, le pregunté? Bueno, porque cuando crezca podrá mostrárselo y decirle a sus nietas, miren cómo era su abuela cuando tenía la edad de ustedes ahora.
Esther González, la gran cocinera margariteña, me dijo algo parecido. Miro, qué bello libro y qué bella portada. Gracias Esther, por qué dices eso. Porque esa soy yo. Yo me veo reflejada en esa niña, como cuando mi abuela me explicaba lo que hacía en la cocina y yo quería ser como ella. Yo también soy esa Ivana.
*Lea también: Si no se come no se piensa, por Miro Popić
Leer para Comer es hijo de las redes sociales. Comenzó como respuesta a una de las tantas atrocidades que saturan la era digital que nos tocó vivir donde el ejercicio de pensar está reducido a obtener unos cuantos likes, donde no hay espacio para la reflexión, donde generalmente se come frío porque es más importante la inmediatez y lo bonito de la imagen que la visión crítica y dubitativa de la realidad que ingerimos.
Vivimos una época en que la utilidad del saber se mide en beneficios, donde se menosprecia aquello que no puede ser monetizado. Fea palabra esta, pero la uso a propósito para resaltar el valor de todo aquello que no tiene finalidad utilitaria y que constituye un fin en sí mismo. ¿Por qué? Porque nos ayuda a ser mejores personas. Hay muchos, demasiados, que consideran inútiles los saberes humanísticos y, en general, todos los saberes que no producen beneficios. Ignoran el valor del saber en sí, independientemente de producir ganancias. Desconocen que lo bueno es siempre mejor que lo útil, así como ignoran el sabor de lo inútil.
Si no se come no se piensa, dijo Descartes, y para pensar hay que leer y para leer hay que comer. Y para disfrutar lo que se come, agrego yo, primero hay que leer. Gracias por ser leyentes de estas palabras.
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Miro Popić es cocinólogo. Escritor de vinos y gastronomía.